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13.- Conciencia y sensibilidad en los animales.- Columna de Edmundo Magaña

Estuve hablando con la Pepa sobre el tema de la sensibilidad en los animales, específicamente sobre el argumento utilizado por activistas animalistas, y sobre todo bienestaristas, sobre la capacidad de sentir dolor de los animales como motivo para implementar legislaciones de protección animal que reduzcan esa capacidad o el dolor mismo. He creído siempre que la capacidad de sentir dolor como argumento es en realidad débil, porque su universalidad puede hacerlo irrelevante. El dolor no es más que una experiencia sensorial desagradable, una reacción a estímulos externos que puede carecer de conciencia. Creo que el criterio decisivo para defender el derecho a la vida de los animales, y el derecho a no ser víctimas de malos tratos y explotación, es que son seres conscientes, que en este contexto quiere decir que tienen proyectos de vida, que son capaces de definir e identificar la fuente del dolor y de hacerse con una explicación sobre su motivo. La conciencia, que compartimos con los animales, es un estado cognitivo “no abstracto que permite la interactuación, interpretación y asociación con los estímulos externos, denominados realidad”. La conciencia es evidente en la conducta animal, mucho más allá incluso del reino de los mamíferos.

[Esto me recuerda que hace unos días, cuando tembló, salimos todos corriendo al jardín. Pero Juanito volvió un par de veces al salón a ladrarle al aire, para escapar nuevamente al exterior, creo que convencido de que la causa del temblor estaba dentro. Este es un caso muy complejo, que solo menciono al pasar.]

La operación de la conciencia en los animales se aprecia prácticamente en todo lo que hacen, y especialmente en todas las interactuaciones entre ellos y con humanos.
Los bienestaristas, y los ganaderos, creen que con eliminar el dolor físico es suficiente como medida de protección o evitación del dolor en los animales que son explotados y llevados al matadero. Pero esta idea es realmente una infamia. Tanto o más importante que el dolor físico es el dolor psicológico, que sufren todos los animales cuando anticipan o presienten o sufren la agresión, el olor a muerte, los gemidos de otros, la explotación, el tedio del encierro, la reducción de la sensibilidad, la privación de la vida familiar, las restricciones, la falta de libertad. A los bienestaristas les gusta imaginar que los animales carecen de conciencia para hacer tolerable que se los encierre y explote y mate provisto que no sufran dolor físico, como si la capacidad sensible de los animales se redujese a eso –un poco como creemos que son las plantas y como en el pasado creían los esclavistas que los negros podían sufrir dolor físico, pero no la angustia de la separación familiar ni las tenebrosas perspectivas de la servidumbre.

La vida es una experiencia única, fundamental, irrepetible, que queremos compartir con otros. Y no necesitamos matar a nadie para sobrevivir. Para defender el derecho a la vida de los animales debemos enfatizar que sufren y que saben que sufren y que ese dolor se lo infligimos nosotros mismos sin ningún motivo atendible, sin justificación, sólo para mantener la ilusión y el orgullo psicopático de que en este mundo nosotros decidimos sobre la vida y la muerte de los otros. Debiésemos recuperar la capacidad de entender que los otros son nuestra vida y que matar a un animal es matarse un poco a sí mismo.
En última instancia, el derecho a la vida que defendemos en los otros se deriva de que no queremos hacer a otros lo que no nos haríamos ni querríamos que se nos haga a nosotros mismos, porque sabemos lo que significa. No queremos que se nos encierre y someta a servidumbre, no queremos que se nos maltrate y finalmente se nos mate, cualquiera sea el motivo aducido –si acaso tenemos esa suerte. No existen motivos atendibles para quitarnos la vida. ¿Por qué querríamos eso para otros?

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