[Lee Hall] Se embadurna con grasa animal y se carga con veneno: la M-44 es una diminuta mina terrestre. El señuelo relleno de cianuro sódico es una de las armas preferidas del Servicio de Fauna Silvestre del gobierno de Estados Unidos, desplegado para luchar contra los animales depredadores en torno a las granjas.
Muchas de las muertes son colaterales: mascotas curiosas, águilas calvas, jotes cabeza colorada y lobos. Osos negros y castores. Aves migratorias costeras, nutrias, puercoespines. Pumas.
Pero los objetivos habituales son coyotes y zorros.
DRC-6220 fue el primer atrayente de coyotes sintético. Debutó en 1973; derivado de los ácidos grasos de las secreciones vaginales de monas rhesus.
Otra sal venenosa para matar coyotes es el fluoroacetato de sodio, comercializado como Compound 1080 por la empresa Tull. Los australianos lo compran para matar dingos, perros hiena, gatos asilvestrados y zorros. En Nueva Zelanda la usan contra las zarigüeyas. En Estados Unidos lo llevan los collares ´predacidas´ que les ponen a cabras y corderos. No salva a cabras y corderos de la muerte, pero el animal que muerde el collar ingresa en el infierno: Compound 1080 tarda en matar entre tres y quince horas. Algunos rancheros creen que un arma adecuada contra los coyotes es el brutal rifle de asalto Bushmaster.
Y luego están las trampas diversas que matan a decenas de miles de animales al año. Estas letales piezas de equipamiento no se encuentran en las bodegas de las granjas industriales. La llamada a “terminar con las granjas industriales” no afectará su uso.
- Granjas ´ecológicas´ -
Sin embargo, oyes hablar a gente progresista de ganadería sostenible y compasiva. La idea suena verde y ética, e incita al consumo; permite a la gente comer animales y sentir que están donando a la causa animal a la vez.
Ignoran las vidas de los animales que viven libres (los seres que caminan por este planeta según los términos naturales, en los hábitats que aún no han sido cubiertos por la descomunal huella humana, que hemos ampliado varias veces criando animales para que trabajen para nosotros y sean nuestra comida). Los linces y coyotes, zorros, lobos y osos pardos están comprensiblemente tentados a comerse a los cerdos, gallinas y vacas que encuentran en sus hábitats y en los alrededores de estos. Cuanto más ´ecológica´ sea una granja (cuanto más libres se encuentren los animales dentro de los límites de la misma), más vulnerables serán estos animales de la granja ante los depredadores.
Alguien que instale una granja en un espacio abierto, o que inicie un proyecto 4-H, hallará en las fuentes de información del sector, como Sheep101.info la sugerencia de poner trampas a los coyotes o dispararles. ¿La lógica detrás? Si matamos a los animales depredadores, los animales de presa - jóvenes ciervos etc. – aumentarán en número y por tanto los coyotes que queden tendrán montón que comer sin asaltar los potreros de los ganaderos:
“La lógica detrás de la caza es que si la población de coyotes se reduce, habrá menos presión sobre el suministro natural de alimento, de modo que las cifras de animales salvajes repuntarán, proporcionando a su vez más alimento natural para la población de coyotes. Dispararles es legal en muchos sitios. Se puede disparar a los coyotes desde helicópteros y aviones.”
Si los granjeros siguen con éxito estos consejos, se puede esperar que aumente la población natural de animales de presa, avivando así los argumentos a favor de la caza del tipo “Hay demasiados ciervos”.
Los animales que viven en libertad siempre llevarán las de perder en semejante escenario.
- La salida -
De todas las especies en la lista de especies en extinción de los últimos cinco siglos, gran parte vivía en Estados Unidos. En este país el desierto llegó a los ranchos. La polución del agua asola las tierras fiscales, donde durante los veranos pasta ganado vacuno y manadas de caballos y mulas para uso comercial. Y el fertilizante y los residuos que rezuman de las granjas de animales convierten las extensiones de bahías y océanos en zonas en que el oxígeno se halla agotado, donde se ahoga todo ser viviente atraído hacia allí.
Sin embargo, ciertos tipos de ganadería reciben la aprobación ´ecológica´ de comentaristas culinarios y medioambientales por igual. Se nos cuenta que los animales de granja comen y viven “naturalmente”, y se nos exhorta a que como consumidores así lo garanticemos, metiendo a estos animales en nuestros carritos de la compra. Algunos dicen que hay zonas donde los herbívoros han pastado desde tiempos inmemoriales, pero las vacas criadas con fines de explotación han sido impuestas en esos parajes.
Los resultados los muestra la ilustradora científica Karen Klitz.

El pastoreo libre desplaza también a burros y caballos que vagan libremente. Así que resulta inefectivo reclamar el fin de las redadas de caballos del oeste si aún tenemos que dejar nuestros cuchillos.
Si terminásemos con la ganadería (-porque es la ganadería el verdadero problema, no el concepto de industrial-) estaríamos automáticamente iniciando la única acción que puede liberar cientos de millones de acres de ser cultivados con el fin de alimentar a animales de granjas. El uso de la tierra sería infinitamente más eficiente si nos alimentáramos a nosotros mismos con lo producido, en lugar de alimentar a animales para comérnoslos. Y podrían evitarse enormes emisiones de metano, químicos y productos de desecho.
Quienes se aceleran invocando los beneficios de las prácticas ganaderas y de pastoreo de gente que sobrevive a duras penas en África e India, podrían pararse a recordar que gran parte del agua y los biodiversos paisajes del sur global se destinan a alimento para ganado, comercializado en el mercado multinacional; y cuando las empresas promocionan los productos animales en estas regiones, aumentan la posibilidad de depender de insecticidas y de alimentos importados.
Más aún, las emisiones causadas por la ganadería, combinada con toda la desforestación y el uso de agua asociados a la misma, conllevan cada vez mayores amenazas para todos, vivan donde vivan en el planeta.
Christopher Weber y H. Scott Matthews, de la Carnegie Mellon University, hicieron un estudio en que calculan las emisiones de gas de efecto invernadero donde aseguran que “remplazar la carne roja y los lácteos con vegetales un día a la semana sería como conducir 1.160 millas menos” cada año. Esto sugiere que:
- La ganadería implica por definición una alimentación no local; y
- Un cambio a siete días a la semana ahorraría el equivalente a conducir 8.120 millas al año
Si contamos con esta energía, ¿por qué no la usamos? Ser vegano no es difícil hoy en Norteamérica, y lo correcto es emprender acciones que disminuyan los daños que causa el caos climatológico a poblaciones y especies vulnerables. Si los hábitos cambian, también las economías lo harán, disminuyendo nuestra dependencia de los enormes terrenos destinados a monocultivos intensamente fertilizados, y de centralizados sistemas de alimentación.
También podemos presionar al gobierno para que dirija los subsidios a los cultivos destinados directamente al consumo humano, no a los cultivos cuyo destino sea la producción de piensos.
La vida en la Tierra se encuentra en un momento de inflexión, y esta vez es por culpa de los humanos. Hemos estado en guerra unos con otros y con el resto de la biocomunidad durante largo tiempo. Nos urge a todos un cese al fuego.
Lee Hall es vivepresidenta (temas jurídicos) Friends of Animals; LL.M en derecho medioambiental (2014) por la Vermont Law School; y autora de On Their Own Terms: Bringing Animal Rights Philosophy Down to Earth (2010). Léela en tuiter: @Animal_Law.
Brad Miller, de la Humane Farming Association contribuyó en la edición.
Traducción de Pepa García de Another Look to “Sustainable” Animal Farming.
Ayer publicaba 








